¿Y tú, quién eres?

¿Alguna vez alguien te ha dicho que eras de una manera determinada y te lo has creído? ¿Has pensado que algo no estaba bien en ti porque no respondías a las expectativas de los demás?

Yo sí.

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Había una vez, en algún lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un hermoso jardín con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos. Todo era alegría en el jardín, excepto por un árbol profundamente triste. El pobre tenía un problema: no sabía quién era.

– “Lo que te falta es concentración”, le decía el manzano. “Si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas. ¿Ves qué fácil es?”

– “No lo escuches”, exigía el rosal, “es más sencillo tener rosas y ¿ves qué bellas son?”

Y el árbol desesperado intentaba todo lo que le sugerían y, como no lograba ser como los demás, se sentía cada vez más frustrado.

Un día llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol, exclamó:

– “No te preocupes, tu problema no es tan grave. Es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. Yo te daré la solución: no dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas… sé tú mismo, conócete y, para lograrlo, escucha tu voz interior.” Y, dicho esto, el búho desapareció.

– “¿Mi voz interior…? ¿Ser yo mismo…? ¿Conocerme…?”, se preguntaba el árbol desesperado, cuando, de pronto, comprendió…

Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior diciéndole:

– “Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Eres un roble y tu destino es crecer grande y majestuoso, dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje… Tienes una misión: cúmplela.”

Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado.

Así, pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos. Y sólo entonces el jardín fue completamente feliz.

Dice Susan Cain que “la extroversión constituye un estilo de personalidad atractivo que hemos convertido en norma opresiva”.

Y es que parece que, en general, hemos asumido que la extraversión es lo bueno, lo normal, lo que debe ser. Y por eso te sientes mal cuando eres la primera en irte de una fiesta, porque sientes que eres aburrida; o te sientes mal cuando tus amigos insisten en que te sumes a sus planes, porque crees que eres un insociable; o te frustras cuando el profe hace una pregunta, porque aunque nunca levantes la mano, te sabes la respuesta siempre, pero no te van a subir la nota por ello; o crees que no eres buena amiga, porque todos los días piensas en llamar por teléfono, pero es que no tienes energía para hacerlo.

Y es que, por lo general, tenemos una tendencia a admirar y sentirnos atraídos por las personas que hablan más, y más rápido, y más alto. Estas personas son grandes animadoras en las fiestas, y nos hacen reír, y nos cuentan anécdotas, y bailan sin descanso, y ríen sin descanso, y hablan sin descanso, y acaparan la atención sin descanso,… ¿estás agotado sólo de leerlo? Ya.

Y mientras tanto, en el otro lado del mundo, unos amorosos padres piden disculpas porque su hija no habla mucho, o porque a su hijo le gusta jugar solo en un rincón de la habitación o, lo que es peor, porque se esconde tras un libro.

Parece que asociamos la felicidad a la extraversión, y la sociedad premia a las personas que se mueven más fácilmente en la compañía de los demás que en la suya propia. Y es por eso que, a las personas introvertidas, suelen llegarles mensajes bastante negativos sobre su forma de ser desde bien pronto. Mensajes que dicen que algo en ti no está bien y tienes que cambiarlo.

La cuestión es que tú eres como eres. Y si te fijas, descubrirás que eres un buen amigo, porque siempre escuchas a los demás; y que eres una persona sociable, pero que te gusta relacionarte de uno en uno o en grupos pequeños; y que eres una gran estudiante, porque te encanta aprender y puedes pasar horas delante de los libros; y que eres interesante porque puedes mantener conversaciones profundas que los demás valoran mucho.

Así que, quizás ha llegado el momento de dejar de identificarte con todas esas creencias. Quizás ha llegado el momento de saber que estás bien como eres, pero que si quieres ser de otra manera, porque tú lo decides, también puedes cambiar.

Pero no intentes dar manzanas si eres un roble, porque pasarás toda tu vida sintiendo que has fracasado.

Para. Mírate hacia dentro. Descubre quién eres y muéstrate tu mejor versión.

Bueno, ¿qué te parece? ¿Te sientes identificado? ¿Te ves como ese roble que invierte toda su energía en intentar dar manzanas?

Te propongo una cosa. Seguro que si te pido que hagas una lista de cosas que no te gustan de ti y que cambiarías, no hay horas en el día para acabar la tarea. ¿Y si te pido que hagas una lista de tus virtudes, de las cosas buenas que tienes? Igual esto te cuesta más (o no, en cuyo caso, mi más sincera enhorabuena).

¿Te está costando? Vale, un truco; imagina que es tu madre la que está diciendo esas cosas buenas de ti, o tu mejor amigo, o tus compañeros de trabajo (mejor los que te aprecian), o tu pareja, o tus hijos. Venga, seguro que si te esfuerzas se te ocurren cosas.

¿Ya la tienes? ¡Enhorabuena! ¿Cómo te sientes leyendo todas esas cosas positivas? ¿Cómo ves que puede ser de utilidad esa lista? ¿Qué vas a hacer ahora con ella?

Fuentes de información: El poder de los introvertidos, Susan Cain. Cuento del árbol tristeLos introvertidos: el atractivo de los que apenas hablan

 

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